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Sustento del sur

Cómo se estructuran las relaciones de poder en torno a la mesa en el cine de Latinoamérica. Cómo fueron cambiando los roles de género en torno a este motivo al ritmo que mutaban los cuerpos. Es menester observar quién cocina, quién sirve y quién come en cada una de estas seis historias, atravesadas por problemáticas específicas emplazadas en tiempos y lugares diversos. Porque contraria a la tendencia de homogeneizar lo latino, esta curaduría sostiene que hay tantos latinazgos como habitantes del subcontinente y tantos posibles retratos como catálogos de la memoria sensorial siempre subjetiva. Una diferencia entendida como multiplicidad, no como separación (en palabras citadas por Andrea Giunta).

En América Latina hay desasosiego, nostalgia y hambre. Entremedio y mechadito hay celebración, euforia y orgullo de la tierra. Hay bronca, mucha bronca. Para la que se hace preciso un bálsamo confortable. En ocasiones, este se encuentra en el alimento y en las manos que amasan la masa. Muchas veces no hay nada más que bronca y hambre. Bronca causada por el hambre.  

La soberanía alimentaria encuentra vías de encauce en los cines nacionales y en las corrientes independientes como medio para pensar y ensayar otras formas de cultivo, maneras alternativas de relacionarnos con los recursos de la tierra y con los afectos. El suelo en su silencio cansado y explotado es indiferente ante los dueños de la siembra. Las economías campesinas se vuelven la cima de una vuelta hacia el borde en un mundo descentrado y multiperiférico. Más aun, se vuelve la herramienta de arraigo para hablar desde el costado hacia el foco y obligar al faro a iluminarnos. Y todavía más, volvernos nosotros mismos la luz y el norte para las futuras generaciones. Un norte gestado en el sur, con epicentro en el fin del mundo.  

Sustento del Sur parte de un ciclo conformado por tres fases. La primera, “Sacrilegio” va de la Cuba de la colonia a un pueblo ayacuchano del Perú actual para mirar a dos tiempos la misma intolerancia y la misma imposición. Con la religión como telón de fondo y causa de todos los males originados por los intentos de homogeneización del crisol de culturas y deseos de esta parte del globo. Tanto en La última cena (1976) de Tomás Gutierrez Alea, como en Retablo (2017) de Álvaro Delgado Aparicio, el castigo es la muerte para los rebeldes que se atreven a intentar otras formas de habitar el mundo al que los confinaron. Pero un germen sobrevive en ambas, el statu quo no volverá a ser el mismo después de los acontecimientos narrados, no será posible un restablecimiento del orden imperante, aunque a primera vista lo aparente. Hay cosas que no se pueden matar y el cine es el encargado de eternizarlas.  

La segunda fase, “Sentencia” irá del México de los 70s a la Cuba de los 90s. Alrededor de esta mesa se tejerán dos historias de amor imposibilitadas por el contexto social, de esas que tanto gustan al séptimo arte. Una es pasional y violenta y como no podía ser de otra manera, culmina en tragedia. Este es el destino de El lugar sin límites (1977) de Arturo Ripstein (basada en la novela homónima del chileno José Donoso), donde se llora la violencia hacia los cuerpos feminizados, los cuerpos queer no delineados con precisión, sino múltiples y superpuestos. La otra, se disuelve en una amistad entrañable, donde los supuestos opuestos del título, Fresa y chocolate (1993), en otro trabajo de Gutiérrez Alea, aprenden a admirarse y ejemplificar la posibilidad de convivencia de ideologías al seno de una nación.  

La tercera fase, “Solvencia”, es sobre mujeres. Es un homenaje a los roles tradicionales al interior del hogar y a los otros espacios que elegimos ocupar fuera del seno materno. En ambas hay mujeres autosustentadas, amigas-rivales, madres-hijas, amantes-abuelas, matriarcas-emprendedoras, aventureras y cocineras, alternadas sin distinción de relevancia. Retratos de roles no estancos, sino mutantes. No escritos en binario, sino en gradiente. El lazo será del México de la revolución a la Argentina del 2001, momentos de crisis, revueltas y vorágine. En Como agua para chocolate (1992) de Alfonso Arau (basada en la novela homónima de Laura Esquivel), el alimento es herramienta de seducción tanto como fruto de goce y llanto. En Herencia (2001) de Paula Hernández, el alimento es refugio y es consuelo. Es solidario y sustentado por una economía feminista.  

En el marco de este ciclo de cine-debate, la curaduría se propone celebrar, compartir y dar a conocer recetas de las cocinas de esta parte del mundo, como excusa para aprender y reflexionar acerca de la importancia de cuidar nuestros recursos y ensayar nuevas formas de cultivo. Lo vamos a hacer de la mano de quienes entendemos como expertos en la materia: cocineres y horticulores. Para ponerlo en práctica, contaremos con la ayuda del equipo de Casa Cultural Rincón, que dará cobijo a este proyecto en sus primeros capítulos. 

Sustento del Sur va a funcionar en dos instancias. La primera será esta este espacio, donde les cinéfilos, les aficionades y les curioses harán base. Aquí encontraran info de los ciclos, recetas, reseñas, links a las películas y foros de intercambios, para que quienes no puedan o gusten de asistir de manera presencial a los encuentros, de igual forma se sientan parte. La segunda, partirá del mundo virtual con la reserva de un lugar y culminará en el encuentro de cine-debate y cena, donde habrá cupo para treinta personas, dada la capacidad de nuestro actual emplazamiento. Una parte de lo recaudado por la contribución de les asistentes a estos encuentros, será destinado a un fondo a partir del cual esperamos generar una plataforma exclusiva de cine latinoamericano e inclusiva por democratizadora del acceso a contenido de otra manera poco difundido o demasiado disperso en las infinitas redes de la web en la actualidad, por lo que también funcionará como punto neurálgico que dispare otras aventuras por las producciones regionales. Así, el ciclo concluye mientras el espiral continúa su ascenso. 

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